Recordando a don Saúl Oksemberg, sobreviviente de la Shoá


Don Saúl Oksemberg, junto a su esposa doña Miriam Rottenberg, fallecida hace apenas unos años, y última sobreviviente de la Shoá en Barranquilla, hizo parte de una generación de forjadores de la comunidad judía de la ciudad. A pesar de las adversidades que sufrieron durante su vida, recordamos a Saúl por su risa fácil y su inconfundible voz, liderando birkat ha-cohanim durante las Fiestas Mayores. Ella, alegre y cambambera, hábil tejedora, gran cocinera y repostera, formó parte del costurero de las Damas Hebreas, las encargadas de preparar las comidas para bodas, bar-mitzot y otras celebraciones de la comunidad, y de elaborar canastillas para bebés, que donaban en hospitales públicos de la ciudad.
En diciembre de 2000, cuando celebraron los 80 años de edad de Don Saúl, su nieta, Ivy Alpern, les hizo una entrevista. Compartimos con ustedes algunos apartes de esta entrevista para recordarlo y honrar su memoria. Las preguntas van dirigidas a ambos pero, a instancias de ella, es él quien toma la palabra y ella intercala apenas un comentario ocasional. En realidad, es poco lo que ha contado sobre su vida a lo largo de los años, más allá de haber nacido el 5 de abril de 1923 en Wizcow, un pueblo cercano a Varsovia, que sus padres eran Abraham y Tove Rujel y que estuvo en un campo en Bielorrusia durante la guerra.

Shaul ben Jaim Ha-Cohen nació en Varsovia el 25 de diciembre de 1920. Su papá era jazán en una sinagoga, y Saúl y sus hermanos le ayudaban con el coro. De sus padres, Jaim Peretz y Sara, sus hermanos Benny, Moisés y Yerahem, y toda su familia, 53 personas en total, fue el único que sobrevivió al holocausto nazi.
“En septiembre de 1939, con 19 años de edad, trabajaba en una fábrica de vidrios y espejos. Empezó la guerra y los alemanes entraron a Polonia, donde empezaron su terrible persecución antijudía. Si agarraban en las calles a un judío, a un rabino con peyes y barba, lo motilaban y le quemaban un maguén David en la cabeza. Detenían a mujeres con niños
pequeños en las calles, agarraban al infante por un pie y lo estrellaban contra un poste de luz. Así mataban a los niños. Cuando crearon los guetos, quedé en el de Varsovia, mientras la situación empeoraba para los judíos, que debían padecer hambre y mil necesidades. Era algo desastroso. Los alemanes escogían judíos como policías, conocidos como kapos, soplones contra los propios judíos”.
Como miembro de un partido sionista, Saúl pertenecía a un kibutz (escuela e imprenta clandestinas) en la ciudad de Vilna. Antes de la guerra, los grupos sionistas en Polonia preparaban a los jóvenes para hacer aliá hacia Palestina; durante la guerra, organizaron la resistencia en los guetos y la lucha de los partisanos. La mayoría de los líderes del movimiento juvenil de Varsovia, que huyeron hacia Vilna escapando de la invasión nazi, regresaron voluntariamente a la capital de Polonia una vez empezó la guerra. Entre ellos estaban el célebre Mordechai Anilewicz e Yitzhak Zuckerman, más tarde segunda mano del levantamiento del gueto de Varsovia.
Zuckerman les propuso a Saúl y otros cuatro muchachos y cinco chicas que fueran a Vilna en busca de los miembros del kibutz al que pertenecían. Un guía polaco debía sacarlos del gueto y una noche caminaron varias horas por las alcantarillas hasta una casa del sector católico de Varsovia, donde se bañaron, se cambiaron de ropa y salieron en tren hacia Białystok. Antes de llegar a la frontera, se tiraron del tren y siguieron por el bosque hasta la frontera rusa, pero fueron detenidos durante tres semanas, antes de llevarlos a la cárcel de la ciudad de Greauto. Tras nueve meses de encierro, don Saúl decidió declararse en huelga de hambre.
A causa de ese acto de resistencia, de 120 horas, fue sentenciado a cinco años de trabajo forzado en Siberia. “Nos llevaron en un tren de ganado de 57 vagones hasta llegar a Siberia, y muchos se enfermaron y murieron en esos trenes carentes de baño. Por el camino nos asomábamos a las ventanillas y pedíamos a gritos “¡agua, agua, agua!” pero nadie prestaba atención. Así llegamos a Siberia. Antes de entrar al campo de concentración, el comandante nos recibió con un discurso irónico: “No se preocupen porque vienen aquí a cumplir su labor como presos y jamás en la vida saldrán”. Saúl llevaba solo un par de zapatos, con medias delgadas y una chaqueta de cuero para enfrentar un frío de 40 grados bajo cero. Todos dormían en barracas, sobre tablones de madera, por cuyas rendijas se filtraba la luz. Había un calentador de madera y por turnos se acercaban para calentarse orejas, nariz y manos. Para que no se congelaran, les engrasaban la piel. Allí trabajaban entre 16 y 17 horas diarias, cortando árboles, con la nieve hasta las rodillas. Cada día recibían 200 gramos de pan y agua caliente. “De ese modo pasaron los días, meses, sin bañarnos. Cada vez que metía la mano en la camisa, sacaba piojos así (muestra la mano como si estuviera llena)”.
“Con frecuencia se nos acercaban unos inmensos osos blancos. La gente se enfermaba de tifoidea y muchos morían, y la escasez de comida —sobre todo de vitaminas— era tan grande que los hombres empezaron a hincharse, en especial en sus partes íntimas. A las cuatro o cinco de la tarde ya estaba tan oscuro que no se veía nada. Caminábamos a tientas y con las manos en alto para no tropezarnos. Algunos entraban al baño, un cuartito de madera con un hueco en el suelo y, como no veían, muchos caían adentro y morían”.
A poco de llegar, Saúl empezó a sentir dolor en un pie, y aún así el médico le obligó a seguir trabajando. Una semana después tenía el pie negro hasta la rodilla, con gangrena y un dedo congelado. “El médico me dijo que iban a operarme y que quizá me amputarían hasta arriba de la rodilla. Entonces le dije que yo prefería morir. No dormía para no dejarme llevar a cercenarme”. Por fortuna, llegó una comisión de médicos de Moscú que lograron salvarle la pierna. Cuando pudo volver a caminar, le asignaron un trabajo muy penoso: llevar al bosque los cuerpos de quienes morían en el hospital, cavar huecos y enterrarlos. No es sino imaginar lo que eso significaba para un Cohen.
Don Saúl recuerda a un joven que se fugó del campo. Lo encontraron medio congelado y lo fusilaron en la plaza. En adelante, nadie más intentaría escapar. El día de Yom Kipur, un rabino de Maranovich se negó a trabajar. Nos llevaron a la plaza, lo ubicaron en el centro y le dispararon a los pies para que “bailara”. El rabino bailó tanto hasta que cayó y quedó tendido en el suelo.
Pasados 27 meses, Polonia acordó con Stalin sacar a los nacionales de los campos de concentración siberianos y formar un ejército contra Alemania, para lo cual fueron trasladados a Kazajistán. Don Saúl era poco menos que un esqueleto. Cuando el tren paraba, la gente de los pequeños pueblos del camino, a pesar de su pobreza, les daban comida y ropa. Más allá de Siberia, en otra parada, junto con un amigo judío se colaron como polizones en un tren de lujo, exclusivo para familias de altos oficiales de la Unión Soviética que regresaban a sus hogares. Un empleado los detuvo pero los “rescató” un oficial que, al saber que eran judíos, le ordenó al conductor que los dejara a bordo y viajaron bajo su protección. Se sentaban a la misma mesa con su familia y comían de lo mismo. Los soviéticos querían saber qué pasaba en los campos de concentración y qué trato habían recibido. Conforme iban recuperando sus fuerzas, ayudaban a bajar las maletas del tren en cada estación adonde llegaban y recibían algunas monedas.
Así arribaron a Mankiw, un pueblo de Kazajistán donde los hombres del lugar habían partido a la guerra. Sólo las mujeres y los niños permanecían allí. El alcalde le pidió a la población que los acogiera en sus casas y les ayudaran con lo que pudieran. “La verdad es que ellos mismos carecían de todo. A mí me recogió una señora que frisaba los 72 o 75 años y vivía con una hija inválida, a unos cinco kilómetros del pueblo. Me preparó una cama, me dio de comer y me regaló un pantalón de su marido, por entonces en un campo de concentración”. Trabajó inicialmente en un taller de tractores y luego cuidando caballos. Para calmar el hambre, se las ingenió para conseguir algo del trigo destinado a los caballos. Más tarde trabajó en unos depósitos que distribuían alimentos, muebles y aparatos eléctricos, y muy pronto aprendió a leer, hablar y escribir en ruso, y fue ascendiendo hasta hacerse agente vendedor y viajar a otras ciudades.
“A pesar de los sufrimientos, cantaba canciones en ídish y polaco, pero al regresar a casa lloraba y me preguntaba por qué me había tocado estar solo. ¿No hubiera sido mejor, ya que se llevaron a toda mi familia, que me hubieran llevado a mí también? Es muy difícil estar solo en un país ajeno, no tener a nadie, sin poder olvidar las últimas palabras de mi mamá: —Hijo, sé que jamás te volveré a ver”.
En Chilkiew, un griego, jefe de los depósitos, aceptó venderle mercancía a Saúl para que la comercializara. Un día, un amigo lo llevó adonde su familia para que les ofreciera jabones. “Allá conocí a Miriam, mi futura esposa —dice Saúl—. Ella tenía 19 años y durante la guerra había estado en un campo de Bielorrusia. Aquello fue amor a primera vista. Nos casamos el 7 de abril de 1945 y muy pronto, el 9 de mayo, se acabó la guerra. Pero para nosotros continuó la lucha por regresar a Polonia”.
Llegaron primero a Novosibirsk, donde Saúl consiguió trabajo como agente vendedor. En los primeros meses del 46, a los polacos les permitieron regresar a su país. Una vez más viajaron en tren de ganado: con Miriam encinta y exhibiendo una barriga enorme, llegaron a Szczecin, ciudad que pertenecía a jurisdicción alemana. Allí, el 10 de julio, nació su hijo Abraham. Nada les faltaba entonces pero a los 15 días escaparon a Berlín. “Era invivible seguir entre polacos, que todas las noches mataban judíos, pues el antisemitismo de ellos era más violento que antes de la guerra”.
Llegaron a Tempelhof, campo de sobrevivientes manejado por el HIAS (Hebrew Immigrant Aid Society), el Joint, y los gobiernos de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Rusia. Tenían de todo lo necesario, y hasta le hicieron la milá a Abraham, el primer brit milá de un niño judío pasada la guerra. Ahí también se registraron para ir a Israel. “Salimos a finales del 48. Era un barco viejo que en su marcha dejaba unas olas tan grandes que todo el tiempo estuvimos vomitando. Llegando a Tierra Santa, nos llevaron a Hedera y nos acomodaron en carpas. Cuando llovía, el agua llegaba a la altura de las camas. Ahora mi mujer estaba encinta de Sara y yo no podía aguantar viendo cómo estábamos, peor que antes”. Buscando y, gracias a un pariente lejano que había estado en el ejército y tenía palanca, encontraron una casa desocupada en Ajami, barrio árabe de Yaffo.
Saúl buscó a un tío paterno, inmigrante desde 1918. Con ayuda de la Histadrut, logró ubicarlo en Haifa. A pesar de tener un puesto importante en Hevrat ha-Jashmal, la compañía de electricidad de Israel, el tío no mostró interés por saber qué había sido de la familia o por ayudarles, sin ocultar cierto resentimiento por las condiciones con que ellos, como sobrevivientes, habían sido recibidos. Esto dejó a Saúl muy decepcionado. “Ahí me di cuenta de que no había valido la pena buscar a mi pariente”.
Pero a pesar de las dificultades, vivieron momentos maravillosos en Israel. “El 24 de septiembre, segundo día de Rosh haShaná, teníamos con nosotros a toda la familia —unas 30 personas— invitada a comer en casa. Miriam preparó los platos de esa noche, antes de irnos para la clínica, donde a los pocos minutos nació Sarita, nombre que escogimos por el de mi mamá, z”l. Era lo más lindo del mundo… ¡la misma cara de mi madre! Estaba muy feliz”.
“Yo sabía que tenía familiares residenciados en Colombia desde el año 29. El tío Jack Bejman, con la tía Eva y el tío Julio Himelfarb, hermanos de mi mamá, z”l. Cuando estuvimos en el campo de sobrevivientes, entré en la oficina del Joint y les hablé de mis familiares en Colombia, aunque no sabía en qué ciudad vivían. Di sus nombres y los de los hijos. Al mes recibí dos cartas —de la tía y el tío—, quienes se mostraban felices de nuestra supervivencia”.
Y Saúl y su familia entran en la última etapa de su vida. Luego de cinco años y medio en Israel, y gracias al contrato de trabajo que le dieron sus parientes, consiguieron el permiso respectivo y viajaron a Colombia, donde su tío tenía una fábrica de carteras, cinturones y otros artículos de cuero. El viaje en barco se prolongó por 45 días, pues cuando llegaron a Vigo (España) se apagaron los motores y tuvieron que regresar a Le Havre, Francia. Abraham y Sara eran los dos únicos niños del barco y todo el mundo, pasajeros y tripulantes, estaba pendiente de ellos. El capitán les permitía ver cine todos los días y los meseros les regalaban frutas, chocolates, de todo.
“Al fin llegamos a Barranquilla. Era el 2 de julio de 1954. La familia nos recibió de mil maravillas… y aquí nos quedamos”. Saúl llegó a ver nietos y bisnietos. Sarita, su hija, infortunadamente, murió muy joven; estuvo casada con Jonny Alpern y dejó tres hijos —Joey, Ivy y Jessica. Abraham y su esposa, Gloria Caridi, tuvieron a Joey y Nina. Hoy día, doña Miriam tiene cinco nietos y 11 bisnietos.
Entrevista publicada en la Edición 121 octubre/noviembre 2020 de Revista Salomón




