Yutta Gontovnik – Pasión por la vida


Yutta Hobrecht de Gontovnik nació en Bremen, Alemania, en 1931, en una época que pronto se vería empañada por la oscuridad del nazismo. Karl, su padre, no era judío, pero su madre, Clara -Chaje Gittel Weissmann- sí lo era. Ya desde 1938 su padre comprendió que no había futuro para su familia en Alemania. En mayo de 1939, como ciudadano alemán, obtuvo rápidamente visa para Colombia. Su experiencia como albañil le permitió trabajar en la construcción del emblemático Edificio García en Barranquilla, bajo la dirección del ingeniero Enrique Zeisel y el reconocido arquitecto Manuel Carrerá.
Mientras tanto Yutta y su mamá enfrentaban la incertidumbre, pues Colombia les había negado la visa. Fue precisamente Manuel Carrerá quien consiguió el affidavit que les permitió salir unos meses más tarde. “Llegamos en noviembre del 39, en el penúltimo barco que pudo llegar. Yo tenía ocho años”.
Recientemente Yutta recibió de una prima lejana fotografías y documentos por los que supo, entre otras cosas, la fecha exacta en que su abuela nació: 1892. Sus abuelos provenían del Imperio Austrohúngaro, de una región que hoy forma parte de Ucrania.
Barranquilla. Del lado materno, el primero que llegó a Barranquilla fue su tío Max, hermano de su mamá. “Llegó en el año 37 como Kaffeerösterer, tostador de café. A eso se dedicaba en Bremen, donde inventaron el café descafeinado y se creó la empresa Kaffee HAG, pionera en este campo”. A principios de 1939, llegaron mis abuelos.
Al llegar a Barranquilla mis padres tuvieron un restaurante, “El Deportivo”. Inicialmente fue sencillo, más adelante se sofisticó. Cuando comenzaron ninguno de los dos sabía cocinar. Mi papá le dijo a mi mamá, “vamos a abrir un restaurante”, y ella preguntó, “¿cómo? yo no sé cocinar, sino lo cotidiano en Alemania”. Y él dice “a la gente aquí le encanta la comida alemana”. Y se lanzaron a la aventura. El restaurante consumía todo su tiempo. Yo crecí muy sola. Lo hasta 1954 y papá invirtió el dinero en acciones de Bavaria. Vivieron de manera cómoda, modesta, de forma comedida. Era su forma de ser, y es también la nuestra.
En mi casa religion was not an issue, la religión no era causa de conflicto. “Lo que tú quieras ser” -me decían mis padres-. “Cuando seas adulta decidirás”. Y no fue que decidí ser judía, sino que me casé con un judío.
Estudié en colegio de monjas y por lógica pude haberme casado con un no judío. Primero estudié en el Colegio Americano, pero a causa de una persistente plaga de piojos, a los que yo era especialmente atractiva, me pasaron al Colegio Lourdes, donde las monjas intentaron salvar mi alma, y consideré convertirme al catolicismo. Mi padre me dijo: “Está bien, pero solo si estás completamente segura”. En realidad, no estaba segura. Es que yo creyente no soy. Y así parece que eduqué a mis hijos y nietos, siguiendo la tradición, aunque creyentes, creyentes, no. Pero muy judíos, de eso no hay duda.
Formé parte del grupo de mujeres, las que nos casamos en 1952, que, en vez de reunirnos a jugar naipes, nos reuníamos a oír discos, hablar de libros, y varias veces contratamos a algún “experto” a hablarnos de arte. Algunas mujeres mayores nos apodaban despectivamente “las intelectuales”. Pero la verdad es que todas leíamos, porque la lectura era natural en esa época. Era lo que había para entretenerse. Desafortunadamente ahora hay televisión, Netflix y redes sociales, que han desplazado a la lectura.
Éramos todas excelentes cocineras y reposteras. Organizábamos tés deonde compartíamos nuestras creaciones culinarias. Fueron épocas maravillosas.
Cuando cumplí 15 años, mi papá decidió embarcarnos en un viaje de cuatro meses por Estados Unidos. Tres años más tarde, a mis 18, recorrimos Europa en carro durante seis meses. Aunque pueda parecerlo, no éramos adinerados; para mi padre, la prioridad era vivir y conocer el mundo, no acumular riqueza. Como perdí el año escolar decidí no volver al colegio, a una clase atrasada. Así que ni siquiera soy bachiller. A falta de una educación formal, soy curiosa y he tomado innumerables cursos. Hablo español e inglés con fluidez, el alemán lo hablo bien, lo leo mejor. Me defiendo en italiano y francés.
Mis padres eran muy estrictos, no me dejaban tener amigos. Apenas a los 17 años asistí a una fiesta en el Centro Israelita. Allí comencé a socializar y poco después apareció en mi vida Jaime, y todo terminó bien.
Mi madre tenía un carácter fuerte, aunque en casa la última palabra la tenía mi padre. Ella decía “papá sí sabe”. Pero cuando se quedó sola, se desempeñó muy bien. Resultó cipote cocinera gracias a todo lo que aprendió en “El Deportivo”. Aún conservo sus libros de cocina, escritos en letra gótica que hoy pocos pueden leer.










Jaime no provenía de una familia adinerada. Tuvimos un nivel de vida similar al de la mayoría en nuestra comunidad. Mi suegra y mi cuñada Elena sugirieron que “los sábados por la tarde, cuando Jaime no trabaja, te lleve a donde los Wasserman -los abuelos de Moisés, hoy columnista en El Tiempo – para hacer la compra”. Yo contesté “sábados por la tarde yo no voy a hacer compra, vamos a pasear o hacer alguna otra cosa”. Nunca me gustó que me impusieran reglas absurdas.
Jaime siempre tuvo el impulso por trabajar e innovar. Comenzó comprando y vendiendo cuero, luego expandió al negocio a los zapatos. Viajábamos anualmente a las ferias de Milán y Nueva York, buscando lo nuevo en la industria del calzado. Importaba materiales, creó fábricas de tacones, plantillas y moldes. Por mí, hubiéramos expandido menos. Él se ocupaba del negocio, yo tomaba las decisiones de la casa y la educación de los hijos. En este apartamento, por ejemplo, su única contribución, además de pagarlo, fue pedir un sistema de sonido de alta fidelidad, porque, junto con la fotografía, la música es su gran pasión. Tenemos 3 hijos, Charlie, Mónica y Claudia, 5 nietos, ya todos profesionales. Y lo mejor, los 5 bisnietos más hermosos del mundo.
Nuestra familia ha sido golpeada por la violencia en Colombia. Charlie fue secuestrado por las FARC y permaneció en cautiverio durante siete meses. Fue un calvario, lleno de la incertidumbre de no saber si lo volveríamos a ver. Es una experiencia terrible, similar a la que seguramente viven hoy las familias de los secuestrados en Gaza. Al mes de su secuestro, recibimos la primera llamada. Cumplió 35 años en cautiverio. Gracias a D-s todo terminó bien.
En 2000 la violencia volvió a tocarnos. Mi nieto Gabriel fue secuestrado. Providencialmente su cautiverio solo duró 24 horas. Fue entonces que Claudia y su esposo tomaron la difícil decisión de emigrar y no seguir viviendo en un país tan inseguro.
Llegar a los 90. Es una experiencia sorprendente, porque uno nunca piensa que va a llegar a esa edad. Pensabas que después de los 70 te vas, ahora mis hijos tienen 70. La auto percepción no va con la edad cronológica. Uno se sorprende de ver a esa vieja en el espejo, ¿me entiendes? A todo el mundo le pasa lo mismo. En la intimidad de ti te sientes la misma persona, pensando igual, quizás con chocheras o vainas, qué sé yo. Te sientes la misma, pero en realidad no es así. Me hacen falta los viajes que hacíamos, de verdad fueron maravillosos. Me da nostalgia. Extraño ser joven, tener fuerza y entusiasmo. Eso se va. Por más bien que te veas, eso se va. Vivir más allá de los 90 es un privilegio.



Entrevista realizada en Barranquilla, Dic 1, 2024 – publicada originalmente en la Edición No. 151 de Revista Salomón, 19 de septiembre de 2025




