Samuel Azout, futbol con corazon

A los 14 años de edad, siendo aún estudiante de secundaria en Barranquilla, su ciudad natal, Samuel Azout acostumbraba salir del colegio y dirigirse al almacén de su padre, el antiguo Almacén Vivero en la calle 77, para trabajar medio tiempo estampando camisetas, ayudando en la caja registradora, surtiendo mostradores y atendiendo a los clientes. Tiempo después, tras haber estudiado economía en la universidad de Cornell, regresó para vincularse formalmente a la empresa familiar, ubicada cerca del “vivero”, como se conocía el zoológico municipal. Por la puerta trasera vendían saldos y, como no tenía nombre, la gente decía “vamos pa’l vivero”. Así nació el nombre de esta empresa que, al pasar los años, dio origen a Carulla-Vivero, una de las cadenas de supermercados más grande del país.

Sammy, como prefiere que le llamen, “porque es más cercano y genera confianza”, nació en 1956. Graduado en administración de empresas en la Universidad de Georgetown, considera que “el único obstáculo entre lo que somos y lo que queremos ser, somos nosotros mismos”. Sus hijos recuerdan que, apenas empezaron a ir al colegio, a la hora de la comida, les preguntaba: “¿Qué hicieron hoy para cambiar el mundo?”

Desde muy temprana edad se interesó por el reto del desarrollo: cómo mejorar la condición humana y el bienestar de la sociedad, cómo lograr que todas las personas tengan la misma oportunidad de vida. A través de la Fundación Carulla creó AeioTU, una iniciativa de desarrollo para la primera infancia en la que más adelante se basó el programa “De Cero a Siempre” del gobierno Santos. En el 2006, tras negociar la venta de Carulla-Vivero al Éxito, a los 47 años, Samuel decidió dejar atrás los negocios para estudiar administración pública en Harvard y dedicarse a combatir la miseria.

¿Cómo influyó en tu personalidad tu infancia en Barranquilla?

Creo que los primeros años influyen en la formación de la personalidad mucho más de lo que habitualmente creemos. Haber nacido y crecido en el Caribe colombiano descifrando su problemática humana y social desde la literatura de Gabriel García Márquez, nos da esa espontaneidad, esa franqueza, ese realismo con componente de magia… Gabo nos influyó a todos. O las anécdotas de mi padre con Álvaro Cepeda Samudio, o con Enrique Scopell, su gran amigo, en La Cueva, en la que hacía parte, esporádicamente, del Grupo de Barranquilla. Iba a las tertulias y, cuando se les acababa el trago lo mandaban a traer más. Sabían que regresaría, que no se perdería con el dinero. Decían “el judío vuelve con trago”.

Fui muy afortunado. Mi abuelo Jacobo Azout, quien emigró a Colombia desde Jerusalem en el año 1921, nos dio un invaluable ejemplo. Es el gran referente moral de la familia. Llegó a Puerto Colombia sin un peso y, como tantos jóvenes inmigrantes judíos, recorrió los pueblos de la costa atlántica a lomo de burro vendiendo telas. Aprendimos de él el valor de la existencia, el ser útil y servir, pero también el respeto. Sin tener grandes estudios ni ser demasiado observante, nos enseñó el valor del respeto hacia las opiniones diferentes.

Dos fuerzas conviven dentro de mí: la relación tan fuerte con nuestras tradiciones religiosas, históricas y culturales que llevamos los judíos, y el mundo secular occidental, que viví en el colegio donde estudié, el Karl C. Parrish, en Barranquilla. Es un reto, una dualidad existencial que tenemos los que vivimos en la Diáspora, de ser parte de una sociedad mayor pero manteniendo intactos nuestros valores, nuestras costumbres.

Creo que mi generación ha fallado en la transmisión del judaísmo, no lo transmitimos con su contexto educativo sino más bien litúrgico. No miramos el largo plazo. Siendo muy joven fui miembro de la junta directiva y presidente de la sinagoga Shaaré Tzédek y los temas que tratamos allí eran de inmediatez, de presupuesto, de reparaciones, preparativos para celebrar alguna festividad, evaluar al rabino de turno, … sin mirar el futuro.

Fui buen estudiante, muy aplicado pero rebelde. Me fue bien académicamente pero no con todos los profesores tuve buena relación, los cuestionaba, cuestionaba desde su nivel educativo hasta su estilo de enseñar. Me gustaban la matemáticas, la literatura y el español. Cervantes me enamoró de la literatura. Al final me decanté por la economía y la transformación organizacional. Leo mucho, sobre todo temas de desarrollo. Mi escritor preferido es William “Bill” Easterly, autor de “The White Man’s Burden”.

Formaste parte del gobierno del Presidente Santos como asesor en los temas de la erradicación de la pobreza absoluta. ¿Cómo fue para ti esa vivencia?

Fue una experiencia maravillosa trabajar tres años en Presidencia de la República por el reto y la responsabilidad que significó y por esa posibilidad de mirar el país desde el gobierno, muy diferente que verlo desde fuera. Le agradezco que, sin conocerme mucho, me llamó a hacer parte de su equipo de trabajo. Nuestra tarea en la oficina de la Alta Consejería era básicamente construir la arquitectura institucional para la reconciliación y la inclusión en Colombia. Ahí se creó el Departamento para la Prosperidad Social, el DPS, una especie de ministerio con entidades adscritas, como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema, la Unidad de Atención y Reparación Integral a las Víctimas, y el Centro de Memoria Histórica, con facultades, otorgadas por el Congreso, para hacer cambios en políticas públicas, es decir, reformas de Estado.

Desde el punto de vista judaico fue muy interesante pues fue la primera vez que había una mezuzá en Casa de Nariño, donde yo tenía mi oficina. Una anécdota curiosa: Cuando ya me iba, Juan Carlos Mira, Secretario Privado de la Presidencia, me pidió que le dejara la mezuzá, pues le había traído suerte en el primer gobierno.

El hecho de haber estado en el sector privado, luego en el sector público y ahora en el sector social me da el beneficio de tener las tres perspectivas.

¿Qué piensas sobre el proceso de paz en nuestro país?

Soy amigo del proceso de paz. Hay que sacrificar muchas cosas para lograr la paz. Ha sido difícil mantener el país unido alrededor del proceso de paz pues, desafortunadamente, una parte muy importante del país no estaba de acuerdo con el proceso tal como se dio. El país está tremendamente dividido, estamos viviendo una gran polarización. Tendrá que surgir un liderazgo nuevo, un movimiento que permita que converjan las distintas posiciones y busquemos algún punto de unión para que el país pueda avanzar.

¿Cómo nace la idea de Fútbol con Corazón?

En el 2006 presidía Carulla-Vivero. Cuando lo compró Éxito y me reemplazaron, decidí hacer un posgrado en administración pública en la Escuela de Gobierno de Harvard. Quería estudiar sobre desarrollo en política pública, el mundo de las organizaciones sin ánimo de lucro, el factor social… (hice parte del equipo de fútbol de la universidad). Allí conocí a un chileno, Guillermo Rolando, un compañero de clase que tiene una organización en Chile -Fútbol Más- que utiliza el fútbol como vehículo de desarrollo comunitario. Su proyecto me interesó, pues me permitía juntar mis dos aficiones: el fútbol, que me ha cautivado desde niño, y el desarrollo social, que me parece el mayor reto de la humanidad. Entendí lo poderoso que puede ser el fútbol como herramienta de cambio social y se me ocurrió hacer un proyecto similar en Colombia. En el SENA me hablaron de un par de personas que habían hecho un trabajo de fútbol para la resolución pacífica de conflictos con pandillas en Medellín. Los invité a Barranquilla, me explicaron su proyecto y me ayudaron a hacer el primer currículum. Así nació, hace más de diez años, Fútbol con Corazón, FCC.

FCC es una empresa social que mira el fútbol como herramienta pedagógica, para desarrollar habilidades que permitan a los menores superar problemas humanos relacionados con la miseria, la violencia y la exclusión.

En los barrios menos privilegiados, niños y niñas están expuestos a una cantidad de riesgos, como prostitución, embarazo de adolescentes, abuso, maltrato, violación, pandillerismo, reclutamiento por los irregulares y todo tipo de micro-tráfico, alcohol, drogas. Muchas veces en sus casas existe violencia, no hay mentores, tienen mucho tiempo libre. Nosotros ofrecemos un programa extra escolar, la escuela de fútbol, donde niños y niñas aprenden valores y habilidades. Lo que hacemos, es, prácticamente prevención de violencia, entre ellas la violencia de género. Una de las reglas en el desarrollo de los encuentros de fútbol por la paz es que el primer gol del encuentro de cada equipo lo debe anotar una niña o una joven.

Una de nuestras metas es que estos niños aprendan desde chicos a respetar, valorar, motivar, incluir y animar a las niñas y sean menos vulnerables a incurrir de adultos en atropello de género.

¿Qué se necesita para que un niño sea aceptado en el programa? Para ser un chico o chica de FCC se necesitan tres requerimientos: primero, que sea escolarizado, con eso promovemos la asistencia y rendimiento escolar. Segundo, tiene que vivir en el vecindario porque nuestro trabajo es comunitario y, tercero, tiene que tener la autorización de sus padres o acudientes. Es muy importante el trabajo con los padres, a través de la escuela de padres, para que haya una alineación perfecta entre la educación que reciben en FCC y lo que viven en casa. La comunidad tiene que abrazar voluntariamente y querer desarrollar el programa, porque finalmente ellos van a continuar luego de que FCC salga de ahí.

Tomamos una línea base para saber cómo entra cada niño en 14 habilidades para la vida, establecidas por la Organización Mundial de la Salud, como auto-conocimiento, empatía, resolución pacífica de conflictos, trabajo en equipo… Anualmente medimos cómo terminan, cómo mejoran -o empeoran- en estas 14 habilidades básicas.

En este momento una entidad externa, la Corporación Andina de Fomento –CAF, está haciendo un seguimiento a 1.200 niños que han pasado por el programa de FCC, para conocer el verdadero impacto y mostrar científicamente los resultados, y cuáles son las posibilidades de que tengan vidas sanas, productivas y felices.

Háblanos de los inicios de FCC, cómo se ha ido posicionando y cuál es la proyección hacia el futuro, dentro y fuera de Colombia.

Arrancamos formalmente en el 2008 con 120 niños en el barrio La Paz, de Barranquilla. Actualmente tenemos unos 4.400 niños, niñas y jóvenes en los programas directos y al menos ese mismo número de niños reciben la pedagogía a través de terceros. Tenemos proyectos de empoderamiento en diferentes comunidades de Chocó, Antioquía, Medellín, Santa Marta, Cartagena y, en Barranquilla en los municipios de Soledad, Galapa, Puerto Colombia y otros. Contamos con una división de consultoría desde donde transmitimos nuestro modelo pedagógico a otras organizaciones, para que puedan implementar e incluir nuestro currículo en sus programas. Esa es una fuente de ingresos que nos da sostenibilidad. Hoy en día son muchas escuelas en Ecuador y en Argentina que implementan nuestro modelo. En Panamá creamos una división de FCC para ejecutar proyectos de inversión social con organizaciones privadas. Buscamos permanentemente nuevas oportunidades geográficas para llevar nuestra metodología a lugares donde nunca han tenido la posibilidad de usar el fútbol para estos fines pedagógicos. Esperamos poder llegar a comunidades de Centroamérica, y Latinoamérica, y por qué no, hasta en Estados Unidos, para promover nuestra pedagogía. Seguimos por supuesto con alta concentración en Colombia con los retos de reconciliación y paz en nuestro país. Algunos jóvenes ex-participantes del programa deciden ser emprendedores sociales y hacer trabajo comunitario. Así nació el programa Lidercor. El 25 de mayo celebramos 10 años con un foro para jóvenes de liderazgo y emprendimiento social.

¿Cuál es la meta más importante de FCC?

La meta más importante de FCC es lograr un modelo de gestión que tenga tres elementos fundamentales: un alto impacto, comprobado científicamente; que sea financieramente sostenible, y que sea replicable. Como objeto social, no recurrimos a donaciones ni salimos a recaudar fondos a manera de la caridad tradicional, sino que creamos nuestras propias fuentes de ingresos. Nos contratan para hacer nuestro trabajo, o vendemos nuestros productos o servicios. Éste modelo lo estamos construyendo a modo de prueba y error, porque esto no lo ha hecho nadie antes en Colombia. La forma en que lo hacemos no es de una forma impuesta, no creemos en el desarrollo autoritario. No creemos en llevarle una fórmula de desarrollo a una comunidad sino más bien co-crear o co-construir con esta comunidad su futuro. No hacemos otra cosa diferente que entregarles herramientas a una comunidad para que ellos mismos se apropien de su propio futuro.

Pertenecemos a algunas redes como Streetfootballworld, la red más grande del mundo de fútbol para el desarrollo; Peace and Sport, que es una red mundial de deporte y paz con sede en Mónaco; a la Red Somos de la CAF, y a la Red Colombiana de Fútbol y Paz. Tenemos aliados importantes como el Manchester City Football Club, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial, y empresas privadas como Bancolombia, Cemex, Davivienda, Procaps, Jamar, EPK y organizaciones internacionales como Empower y Ashmore Foundation. Hemos recibido reconocimientos internacionales de la organización Deporte y Desarrollo, de España, y Beyond Sports, en Inglaterra. El ex primer ministro Tony Blair nos dio un reconocimiento en Londres en una oportunidad hace ya algunos años. El mejor reconocimiento es la confianza, las alianzas y los lazos de trabajo conjunto que hemos generado, entendiendo que el desarrollo social es un reto que ninguna organización puede resolver de forma independiente, tenemos que construirlo entre todos, con muchos actores. Es decir, nadie tiene la fórmula completa, todos tenemos un pedazo del rompecabezas.

¿Cuáles son tus mayores retos?

Desarrollar un modelo de gestión social capaz de mejorar, de manera sostenible y definitiva, la oportunidad de una vida sana, feliz y productiva a la niñez y juventud más vulnerables del mundo.

¿Qué te queda por hacer en el futuro?

Servir positivamente y honrar a mi familia (padres, hijos, nietos, hermanos), amigos, a mi Comunidad, y ayudar a construir un mundo tolerante, solidario e incluyente. Es decir, cumplir fielmente con el mandato divino de ayudar a reparar el mundo –Tikún Olám– y enaltecer el nombre de nuestro Creador.

Artículo publicado originalmente en la Edición No. 102 (Junio – Julio 2017  ) de Revista Salomón