Jaime Falkson, sencillamente a mentsh



Jaime Falkson pertenece a esa generación de incansables servidores comunitarios que van asumiendo un rol de liderazgo sin darse mucha importancia personal, sin buscar reconocimiento, pensando sólo en servir a los demás.
La ciudad de Barranquilla, en la costa norte de Colombia frente al Mar Caribe, es hogar de una pequeña y cálida comunidad judía que ha visto pasar por sus instituciones a morím, shlijím, madrijím (maestros, guías, en hebreo) y rabinos de diferentes corrientes. Esta comunidad ha pasado largas temporadas sin líder espiritual, pero nunca sin minián diario (quórum mínimo de diez hombres adultos para realizar rezos en el judaísmo), gracias a personas que asisten asiduamente a los rezos transmitiendo las tradiciones judías de generación en generación. Como don Jaime Falkson.
-¿Jaime, cuándo vamos a conversar?
-Cuando regrese (de un viaje que tiene previsto) -responde, y se aleja con paso rápido, sorprendente e inusual en un hombre de su avanzada edad.
A su regreso del viaje…
-Vamos, Jaime, ¿hoy sí me cuentas alguna anécdota?
-No, hoy no, mañana, mañana…
Después de perseguirlo insistentemente por semanas que inexorablemente se han convertido en meses, me siento a su lado esta mañana de domingo. No encuentra escapatoria y me mira con esa sonrisa amable y encantadora. Me besa la mano, agradecido, emocionado quizás, o simplemente resignado. Al fin se le acabaron las excusas y accede a conversar conmigo.
Cuenta que nació en Dokrzyce, Polonia, pueblo cercano a la frontera con Rusia, el 4 de septiembre de 1921. Fueron sus padres Yosef Aba Falkson, nacido en Rusia y zapatero de profesión, y Rebeca Levitán, originaria de Polonia.
Mirando a lo lejos como si pudiera traer a la memoria las callecitas polvorientas de su pueblo natal, Jaime recuerda su primer día de clases en el jéider, la escuela elemental. Llevado de la mano de su padre, el niño de 4 ó 5 años se encontró con el lerer, el profesor, un hombre de larga barba y encorvado bajo una joroba que le produjo un miedo indescriptible. Soltando la mano de su padre, salió corriendo de la pequeña habitación. Pero el regaño del padre le quitó el miedo a la deformidad del profesor y llegó a convertirse en su alumno predilecto. El mismo profesor lo invitó a seguir estudiando Torá junto a él.
Después del jéider pasó al Colegio Tarbut. Casi todos los colegios hebreos de Polonia se llamaban Tarbut (cultura, en hebreo). Allí estudiaban ídish, hebreo y polaco. -Ni el ídish ni el hebreo eran difíciles, pero el polaco sí porque nosotros no lo hablábamos en casa –recuerda-. Eran cuatro horas de materias judaicas por la mañana, como la Guemará (comentarios y análisis en el Talmud), y cuatro por la tarde de polaco y materias generales.
Jaime era el mayor de tres hermanos, y ya desde Polonia sus dos hermanas recurrían a él en busca de ayuda en los estudios. Tenían una vaca lechera en el patio -no recuerda si era alquilada o propia- y sembraban papas. La mamá no trabajaba. –Olvídate -me dice-, las mujeres ayudaban en la casa o en el negocio familiar, pero olvídate de que ellas salieran a trabajar.
Su historia de trabajo comunitario empieza en un bosque cercano a Dokrzyce, donde los chicos del grupo de Hashomer haTzair jugaban mientras aprendían sobre la historia del pueblo judío y sobre el anhelado Estado, presente sólo en el imaginario de este pueblo disperso en la Diáspora a punto de enfrentar la peor tragedia de su larga historia de penurias: la Shoá. Allí conoce a Binyamín ben Dov Nitzvietzki, sin imaginar que años más tarde el destino los volvería a unir a un mar de distancia, en otras latitudes, en circunstancias muy distintas, en otro continente.
A pesar del paso de los años, Jaime atesora aún en su memoria un juego de parchís que ganó como premio en una de las actividades de la Shomer haTzair.
Con el sueño de emigrar hacia los Estados Unidos, don Yosef Aba Falkson salió hacia La Habana, Cuba, dejando a su mujer, doña Rebeca Levitán y sus tres hijos, Jaime, Berta y Ana, en Polonia. Pasaron cinco años hasta que el padre pudo mandar dinero y la mishpoje (familia, en ídish) se pudiera reunir de nuevo en Cuba.
Cuando Jaime llegó a La Habana, con doce años de edad, los padres lo inscribieron inmediatamente en el colegio. Entró a segundo grado en español y materias generales, pero en séptimo grado en hebreo. Incluso fue nombrado monitor para ayudar a la profesora de hebreo. -Así de avanzada era la educación judía en Polonia -comenta. Recuerda haber llegado a La Habana en agosto de 1933 y a los pocos días, en septiembre, celebrar su Bar Mitzvá.
Después de graduarse del Bachillerato empezó a estudiar arquitectura. Hizo dos años de carrera pero nunca terminó. En Cuba conoció a don Enrique Kalusin, quien lo recomendó con su hermano Carlos, entonces presidente de la Comunidad Judía de Barranquilla, para que viniera a enseñar en el Colegio Hebreo Unión de esta ciudad.
Resulta que la familia de su amiguito de Hashomer haTzair, Binyamín ben Dov Nitzvietzki, también había emigrado a Cuba y trabajaron juntos, él y Binyamín, en la Tnuá, en La Habana. Luego Binyamín llegó a Barranquilla y fue moré (maestro, en hebreo) y director del Colegio Hebreo Unión (CHU) por varios años. Apodado cariñosamente “Rabanito” por su corta estatura, sus alumnos recuerdan que Binyamín, además de hebreo y materias judaicas montaba obras de teatro.
Pero volvamos a nuestra historia. Don Binyamín había recibido y aceptado una oferta de trabajo en otra ciudad y se necesitaba un reemplazo. Recomendó a su antiguo amigo y compañero Jaime Falkson, y a través de los hermanos Kalusin se hizo el contacto. Jaime trabajó durante un año como director y profesor del CHU. De aquella época guarda gratos recuerdos, en especial de varios de sus alumnos, algunos de los cuales aún son miembros de la Comunidad Judía de Barranquilla.
Por aquella época, las instituciones comunitarias se encontraban reunidas en una casa frente a la actual Escuela de Bellas Artes. Los alumnos recuerdan que por las mañanas iban al Colegio Americano, y a la salida les esperaba un bus que los llevaba al CHU donde el moré Jaime enseñaba a los niños a leer y escribir en ídish y hebreo, y les refería cuentos de la Biblia. Durante ese tiempo también comenzó a preparar a los jóvenes para su Bar Mitzvá. Más de uno asegura haber sido el primer joven preparado por Jaime Falkson para su Bar Mitzvá.
Después de ese año al frente del CHU, Jaime regresó a La Habana, y siguió trabajando con HaShomer haTzair. Siguiendo el sueño sionista, viajó a Israel donde vivió 3 años ayudando a fundar el Kibutz Gaash, al norte de Tel Aviv. A su regreso a La Habana fue nuevamente recomendado por el señor Enrique Kalusin para trabajar en la empresa KICO (Kalusin Importing Company) de propiedad de su hermano Carlos Kalusin, quien ya conocía a Jaime por su anterior estadía en la ciudad, donde trabajó por muchos años.
Por aquellos tiempos otra leyenda de esta Comunidad, el moré Mordejái Yaacobi -z”l, se había retirado después de muchos años como Vicerrector del Colegio Hebreo Unión, y fue precisamente él quien trajo de nuevo a Jaime al servicio comunitario.
-Fue Yaacobi quien me trajo para trabajar en la sinagoga. Me obligó -recalca jocosamente-. Como yo trabajaba por las mañanas en KICO no podía venir a los rezos, pero cooperé con él en los de los viernes por la noche.
Según recuerda, fue también el moré Yaacobi quien lo invitó a dedicarse, nuevamente, a preparar a los jóvenes para el Bar Mitzvá.
Cuando observo su amplia sonrisa y su mirada cariñosa, recuerdo con especial afecto a Jaime preparando a mis tres hijos, y a muchos otros jóvenes, para su ceremonia de Bar Mitzvá. Llegaba al volante de su jeep, y ¡sálvese quien pueda! La paciencia y cariño con que preparaba a estos jóvenes le valieron el aprecio de éstos y un lugar muy especial en el corazón de los padres.
Por años, llegamos a pensar que Jaime vivía en la Sinagoga. No importaba qué tan temprano llegara uno, él ya estaba ahí preparándose para los rezos diarios. No recuerdo haberle oído alzar la voz, perder la calma, o mirar con impaciencia o disimulo el reloj a no ser para dar comienzo a los rezos cada mañana.
Después de muchos años de trabajo consagrado a KICO, muy recientemente aceptó jubilarse y dedicarse de lleno a su trabajo comunitario, colaborando con los rezos diarios en la Sinagoga Bet El, completando minián, y aportando sus vastos conocimientos en las discusiones sobre Halajá, tradiciones y costumbres judías.
Una vez más, la comunidad judía de Barranquilla espera un nuevo rabino. El último se fue hace apenas unas semanas. Desde su asiento, en la segunda fila, Jaime dirige una vez más los rezos cada mañana. Una herida en una pierna, que rehúsa sanar por completo, le impide ocupar el puesto frente a la bimá (púlpito, en hebreo). Pero no le impide dirigir los rezos con su impecable acento y esa voz inconfundible, firme y melódica y, como es su costumbre, pensando en los demás, sin buscar un beneficio personal.
Jaime es uno de esos seres únicos que, con su sola presencia y su manera de actuar, hacen de éste un mundo mejor, más rico en justicia, bondad y compasión.
Nuestro idioma español, tan rico en adjetivos, se queda corto para referirse a una persona así. El ídish lo describiría, sencillamente, como un mentsh, un verdadero ser humano.
Barranquilla, septiembre de 2010




